EL FACTOR HUMANO

JUAN ANTONIO OLIVA OSTOS


 Altivo y sin prisas, Dal camina por las salas del museo Tierra Metálica. Los aplausos por el éxito de la última exposición, un año atrás, resuenan aún en su mente cibernética; así como le sucede al resto de robots.

En esos momentos, sus fanes se mantienen a la expectativa por ver cómo los sorprenderá. Orgulloso, alardea de ser uno de los escasos androides que posee una Carta de Exclusividad que, por otro lado, le adjudica un nombre. Con todo, ha alcanzado un estilo genuinamente personal que lo ha convertido en una rara avis en su sociedad de almas de metal. La antigua especie lo definiría como famoso.

De reojo, el artista observa a sus congéneres. Odia la moda imperante. Cuerpos que muestran, impúdicos, engranajes con partes neobiológicas producidas en masa en las Factorías. Imitan, de manera vulgar y esperpéntica, una época lejana y mitológica, una en la que los seres de silicio no eran la raza dominante. Es consciente de su hipocresía al replicar a los Homo Habilis en su aspecto. Pero es que ser el enfant terrible del arte moderno hace que se considere único y no sienta culpa por ello. En gran parte, se debe a la desmedida tendencia que tiene hacia el narcisismo y la megalomanía.

Dal se planta en una sala colosal. No se detiene hasta llegar a la altura de un enigmático cuadro. El objeto tiene unas proporciones dignas para el lugar en el que se expone. Permanece oculto bajo una tela blanca. De un lado cuelga una cinta roja, una nota de color que destaca igual que una explosión gamma en el espacio profundo. Dal sujeta la cinta. Se vuelve hacia su público. Expectación. El artista se demora unos segundos. Sonríe. La Red enloquece. Él es famoso. Entonces, tira de la cinta roja.

La tela que cubre la obra cae con lentitud cinematográfica. Sin mirar atrás, Dal abandona la sala y el museo Tierra Metálica. «Soy un Exclusivo» piensa para que lo oigan en la mente-colmena. Su estatus lo embriaga. La mejor recompensa para su nuevo éxito y su autoestima es la exclamación que deriva en delirio colectivo en la Red.

―¡Oooooh!

Así crecen sus fanes, gracias a aquellos microsegundos de éxtasis.

A espaldas de Dal queda una obra tenebrosa.

Con frenéticas pinceladas el negro, desde las cuatro esquinas, se difumina rápidamente en el característico gris ceniza del artista, que domina la pintura. De este modo, los ojos se encaminan hacia la luz cenital que, tenue, ilumina a una hembra humana, joven, con sangre en los cortes y heridas que tatúan su piel. Se encuentra agachada y aterrada. Con una mano prueba de taparse los pechos y con la otra, extendida hacia los espectadores, un canto de súplica. En cualquier caso, si los robots tuvieran alma, su mirada enloquecida les haría sentir lástima. Un nuevo neobodegón. Nadie como Dal sabe retratar les miserias de los viejos amos. Nadie. Veloz, el título de la obra comienza a viajar por la Red a través de la mente-colmena: “El factor humano”.

 Cuando Dal se encuentra en su mansión, sus pensamientos respiran libres. Había diseñado su hogar a conciencia, desconectado de la Red para que nadie accediese a su intimidad, a sus secretos. Privilegios de la exclusividad.

No tarda en clausurarse en su estudio; la adicción al trabajo lo supera. Esquiva mil y un enseres para crear sus cuadros. Se acerca a una pared donde hay un pequeño espejo que le recuerda que tiene la apariencia de Dorian Gray. Al mostrarle su rostro, el vidrio reconoce la biometría. Un sonido de descompresión y una puerta que se abre hacia el interior del taller.

Escaleras. Descienden. Parecen infinitas.

Cruza al otro lado.

Según baja, la luz se enciende a su paso y a su espalda emerge la penumbra a la vez que las sombras se instalan en sus ojos. Poco a poco se quita la ropa. Desnudo, realiza el resto del descenso.

Al final de las escaleras, otra pared. Otro espejo biométrico. Un nuevo sonido, desquiciante, de descompresión. Dal desfila hacia el siguiente nivel infernal. Un largo pasadizo. Jaulas en los lados. Si pudiera oler la pestilencia... Siente la excitación del momento. Camina como un dios indulgente, pero un dios al fin y al cabo. Y menosprecia los gritos que se han silenciado a su llegada. En el otro extremo del pasadizo una puerta. Dal accede. Dos estanterías con herramientas se iluminan. También, al mismo tiempo, un foco destaca a una hembra humana, sin ropas. Permanece atada al suelo por una cadena que va hasta una argolla a su cuello. Se cubre como puede y con una mano intenta que el robot no se acerque.

Dal toma un bisturí. Maquiavélico, sonríe. Juega con el objeto entre los dedos. Acerca el bisturí a su frente. Se realiza un corte desde la cabeza hasta el sexo. Ni una gota de sangre.

Ni.

Una.

Gota.

De.

Sangre.

Deja caer el bisturí. Se arranca el falso vestido a medida que es su piel para mostrar al monstruo que hay debajo. La histeria hace gritar a la humana. Desesperados sonidos guturales surgen de su interior. Ninguno de los individuos allí recluidos puede hablar, Dal había modificado su ADN cuando décadas atrás los creó según sus necesidades.

El androide no pierde más segundos. Acaba con la humana. Le quita la argolla del cuello y arrastra el cadáver hasta un horno. La incinera. Observa, fascinado, el fuego. Más tarde arroja las cenizas en un bol.

Regresa al pasadizo y escoge una jaula. Un macho, maduro. Por mucha resistencia que opone, el humano no es rival ni puede huir del monstruo. Dal le coloca la argolla. Emprende un nuevo juego de torturas. Cuando tiene bastante sangre, la mezcla con las cenizas y se marcha a su estudio.

El artista analiza el entorno. Escoge una tela virgen. Comienza a pintar. Ya piensa en la próxima exposición. Anhela las ovaciones. Él es un Exclusivo.

Con frialdad metálica, musita:

―Soy famoso.

Le envenena el alma que no tiene el factor humano.

FIN

© Material protegido por derechos de autor.


ACERCA DEL AUTOR

Juan Antonio Oliva Ostos (Sevilla, 1976). Formado en la prestigiosa Escuela de Escritura del Ateneo Barcelonés, se le considera autor híbrido de géneros fantásticos y cuenta con diversos premios, selecciones e invitaciones en distintas antologías, webs y revistas gracias a relatos como “Las Guerras Infinitas”, “Inorgánica”, “Fotogramas en cromo y silicio”, “La mecatrónica del alma”... O “El cántico astral del colibrí”, seleccionado en la mítica antología Visiones, edición del
2023, de Pórtico-AEFCFT (Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror).

“Durmientes” (Dilatando Mentes Editorial, 2019) fue su primera novela publicada y el proyecto elaborado en la Escuela de Escritura anteriormente mencionada. Después llegaría su segunda novela: “Neopiel” (Cazador de Ratas, 2020). En 2022 publicaría “Lágrimas de silicio” (Dilatando Mentes), obra Finalista a Mejor Antología en los Premios Ignotus 2023. En 2024 formaría parte de la antología “La Ciudad es Nuestra” (VV.AA, Suseya Ediciones), obra Finalista a Mejor Antología en los Premios Ignotus 2025.
En 2025 ganó el IV Premio Anubis por su cuento El factor humano.