En nuestro primer especial de cuentos favoritos, Marcelo di Marco, escritor y miembro del jurado del Premio Anubis 2017, nos dedica parte de su tiempo para contarnos cuáles son sus doce cuentos favoritos. Dueño de una gran destreza didáctica, Di Marco ha coordinado diversos talleres literarios, y ha dado lecturas y conferencias en toda Argentina. Actualmente coordina el Taller de Corte y Corrección, junto a su esposa Nomi Pendzik, y sus hijas Florencia y Marina di Marco. Pueden visitar su sitio web oficial para saber más de él. Sin más preámbulos, los dejamos con su selección. 


Nota aclaratoria:
No bien Isaac Basaure, coordinador del Premio Anubis, me invitó a participar ―¡gracias, Isaac!―, me dije que la mejor manera de armar la lista de mis “doce cuentos favoritos” era dejando que los relatos en cuestión fueran apareciéndome en la cabeza, sin que se atropellaran demasiado unos con otros. Así, casi de manera aleatoria y como si me los dictara desde el sótano alguna vocecita cuentófila, pude cumplir con la premisa sin sentirme demasiado culpable por dejar de lado innumerables docenas más de “cuentos favoritos”. ¿Dónde están “Dos amigos”, “La cabellera” y “La tía Sauvage”, de Guy de Maupassant? ¿Dónde “La metamorfosis” y “Una confusión cotidiana”, de Franz Kafka, y “Un día demasiado bello para morir”, de Cornell Woolrich? ¿Y “Continuidad de los parques” y “La noche boca arriba”, de Julio Cortázar? Acaso en alguna otra lista.

Algo que conviene destacar: al explicar el porqué de la elección de cada relato, procuré mostrarle al lector con qué recursos técnicos y retóricos han trabajado sus autores. Esto puede llegar a servirle para sacarle bien el jugo a la lectura ―o, mejor, a la relectura―, e incluso para ayudarlo en la invención de sus
propias creaciones, si se trata de un lector-escritor.

1. El corazón delator, de Edgar Allan Poe.
Según Stephen King ―y tiene razón― este es un cuento perfecto. Dura lo indispensable, es imposible detener la lectura, y su final se hunde en un abismo de sombra que astutamente nos impide catalogar la historia: ¿horror sobrenatural, o bien terror psicológico? No es que me interesen las etiquetas; hablo, sí, de la tremenda duda que provoca en uno esa maravillosa exposición de un alma condenada, de la que Poe nos muestra sólo lo necesario. Lo leí por primera vez a los once años, y estoy seguro de que él y sus compañeros del libro Historias extraordinarias despertaron mi vocación por la escritura y la crítica. De mediados del siglo XIX para acá, no existe autor ―no puede existir― que no le deba una vela a San Poe de Boston, narrador y mártir.

2. El gato negro, de Edgar Allan Poe.
Bastante emparentado con el anterior, sobre todo por el final, en este cuento también la culpa ocupa un lugar de descarnada expresión. Pero más que la indagación psicológica que sugiere, de él me encantan los trucos que Poe despliega. El falso indicio de las brujas que se convierten en gatos negros, por ejemplo. O la enseñanza de que no es necesario describir mucho, sólo lo conveniente: en aquel conciso y exacto “me hallaba en una taberna más que infame”, se pueden oler tanto los alcoholes rancios como los orines de los bebedores, e incluso pueden oírse los gemidos de las prostitutas que se desbarran por los rincones del tugurio. Nada de esto está explicitado por Poe, pero sí queda implicado. Ese adjetivo, “infame”, y la mancha negra en lo alto del
barril nos hacen evocar elementos concretos, infames de toda infamia.

3. El tonel de amontillado, de Edgar Allan Poe.
Otro prodigio de descripción minimalista, cien años y pico anterior al minimalismo. Después de una lectura gozosa, virginal, conviene destacar con un marcador los elementos incluidos por Poe para transmitirnos la claustrofobia que inspiran las tremendas bodegas de los Montresor. Y se descubrirá que dichos elementos son muy escasos; en realidad, la carga la pone el lector, inducido sabiamente por el genio. En este relato la culpa brilla por su ausencia: el asesino, después de toda una vida de impunidad, sigue gozando su venganza; y esto se descubre gracias al tono displicente que recorre como un témpano a la deriva el relato, sumado a ese salto de tiempo que se revela en la última línea y
que es sencillamente escalofriante.

4. La verdad sobre el caso del señor Valdemar, de Edgar Allan Poe.
En este relato, Poe demuestra que se puede volver verosímil lo inverosímil. El tono del narrador en primera persona va pasando, dato tras dato, de la frialdad científica al horror más atroz. Un ejemplo de gradualidad narrativa que parte de un estilo “documental” ―en referencia al sujeto y al objeto del experimento hipnótico―, hasta coagular en una descripción final de atractiva, de fascinante repugnancia. El argumento es un milagro de originalidad, y la implacable lógica de los hechos aberrantes parece enseñarnos que atentar contra el orden natural es una aventura que no nos sale para nada gratis.

5. El pozo y el péndulo, de Edgar Allan Poe.
Esta historia, inspirada en las leyendas negras de la Santa Inquisición, basa su logro formidable en tres recursos que Poe pone a funcionar de manera perfecta: el punto de vista, el suspenso y la elipsis ―ocultamiento―. El primero se refiere a la primera parte del cuento, el momento en que el protagonista va descubriendo, en medio de la oscuridad, en qué clase de calabozo ha sido confinado; el punto de “vista” es absolutamente restringido, y el personaje debe ir comprendiendo, mediante los otros sentidos, dónde se encuentra. El suspenso aplica a la zona del viaje pendular de la afilada hoja en forma de medialuna, que a cada pasada se aproxima más y más al pecho del protagonista. Y el recurso de la elipsis se emplea cuando el personaje necesita asomarse a los ya iluminados horrores del pozo, de los cuales Poe no revela en qué consisten. A mayor silencio, mayor intriga. Y el lector mismo puede poner dentro del pozo aquello que a él más lo horrorice. El final es un liberador clímax de luz y sonido que tiene por figura coprotagónica a Antoine Lasalle, verídico general del Primer Imperio Francés.


6. Hombre de la esquina rosada, de Jorge Luis Borges.
Anticipándose casi un siglo a los actuales experimentos narrativos ―cuyos insípidos cultores se empeñan en llamar “relatos”―, Borges califica a los textos de Historia universal de la infamia como “ejercicios de prosa narrativa”. Y aclara que el único cuento del libro ―el único texto que merece llamarse cuento de todo el libro― es este. Un arrabal emponzoñado por la rivalidad de dos Alfa en disputa de la mejor hembra de la milonga es un marco propicio para que Borges cree uno de los trucos más sorprendentes de la historia de la literatura: la aparición, en el último párrafo, de alguien cuya identidad me reservo. Un final sorpresivo y sorprendente, inolvidable.


7. Sennin, de Ryūnosuke Akutagawa.
El más occidental de los autores japoneses nos deslumbra con una fábula enternecedora, y asimismo molesta y eficaz en esta deteriorada época ―hablo en términos psicológicos y sociológicos― de molicie y falta de compromiso: el sacrificio de un corazón puro y servicial se convierte en libertad y plenitud. Esta vez, la gran paradoja de la entrega cristiana y el abandono del alma del hombre de buena voluntad tienen en el criado Gonsuké a uno de sus principales protagonistas. Técnicamente, conviene advertir ―siempre después de una primera lectura gozosa, claro está― el inteligente uso que Akutagawa hace del resumen, durante la zona en que el autor narra los trabajos que debe acometer Gonsuké a lo largo de  veinte años de virtual esclavitud. Gonsuké, esa especie de Patito Feo que siempre consigue conmoverme cuando me siento a ver cómo resurge de sus cenizas para volar cada vez más alto.

8. El almohadón de plumas, de Horacio Quiroga.
Un ejemplo perfecto de gradualidad en el horror, impecable en su construcción narrativa. La atmósfera de la casa en que el matrimonio protagónico de Jordán y Alicia se desangran es realmente opresiva y claustrofóbica, y la intriga se vuelve insoportable a medida que la mujer irremediablemente se va despidiendo de la vida noche tras noche. En cuanto a la asimilación de recursos, poner el acento ―insisto: a la hora de subrayar― en la descripción elíptica de la criatura que hace lo que hace en este relato terrorífico del que la lengua española se enorgullecerá por siempre.

9. Vivir es fácil, el pez está saltando, de Abelardo Castillo.
Tuve la gracia de conocer este cuentazo de los propios labios de Castillo, quien lo leyó de manera admirable en una noche de invierno de 1979, en el taller de Liliana Heker. Es tremenda la progresión del sentimiento de autodestrucción que domina al protagonista, y eso Abelardo lo consigue con un uso impecable del presente inminente ―también llamado presente actual―. Se trata de un recurso que con la mayor vividez expone la acción delante de los ojos del lector, como si él mismo estuviera ahí, en la escena. En este relato, el presente inminente ―junto a las conjugaciones que este tiempo obliga a desplegar― contribuye a que la bomba de tiempo vaya acelerando y acelerando su tictac..., hasta que estalla, por supuesto.

10. La tortuga de agua dulce, de Patricia Highsmith.
Highsmith es una autora ideal: su compleja literatura ―compleja no significa complicada― puede ser disfrutada tanto por el lector más intelectual, como por aquel que sólo busca pasar un buen rato con un buen argumento entre sus manos. ¿Leer un relato tan aterrador como este supone “pasar un buen rato”? Sin declararme ni sádico ni masoquista, estoy seguro de que sí. En esta historia de deliciosa violencia, lo que más peso tiene es justamente lo que no se dice. Igual cosa sucede, por ejemplo, en otros cuentos paradigmáticos como “Los asesinos”, de Ernest Hemingway; “El último peldaño de la escalera”, de Stephen King; “Tristeza”, de Anton Chejov; “Aria para un destello”, de Marcelo Caruso; “Eugenia convertida en obra de arte”, de Carlos Chernov, o “Adiós, amor oscuro”, de Roberta Lannes, y con tantos otros que me gustaría citar en nuevas listas. Ya está: ¡me di el gusto de contrabandear nada menos que seis títulos!

11. Cara Perdida, de Jack London.
Con “Cara Perdida” nos enfrentamos a un caso paradojal, si se considera que el cuento ―el cuento como género― es una de las estructuras más exactamente perfectas que pudo inventar el ser humano ejercitando su cósmica búsqueda del orden. Lo digo porque a este relato podríamos eliminarle con mucha facilidad varias peripecias del comienzo, pero así como está funciona con una eficacia tremenda. Mejora a cada línea, eso sí: el lector es hipnotizado párrafo tras párrafo, y no hay quien no crea que Subiénkov se salvará de ser ejecutado. Más no puedo decir sobre ese asunto. Sí quiero destacar algo muy importante, desde lo argumental: el rotundo cambio de protagonista que se da a último momento es un cross.

12. La señora Bixby y el abrigo del coronel, de Roald Dahl.
Nueva paradoja. En mis talleres yo recomiendo ―como lo debería hacer cualquier buen editor o coordinador o profesor de escritura creativa― que el escritor en formación evite cualquier tipo de introducción o preámbulo, para que su relato arranque lo más cerca posible del título. Pues bien, en este cuentazo, Roald Dahl demuestra que un preámbulo innecesario puede coexistir junto a una historia redonda, de final detonante, al decir de Jaime Rest. ¿Será porque tal introducción resulta tan políticamente incorrecta como la historia en sí? Puede ser. Dato para los narradores primerizos: además de la construcción de los personajes, otro de los méritos técnicos de esta narración radica en la equilibrada distribución de los indicios. Quienes hayan llegado hasta acá pueden encontrar este cuento en el libro Relatos de lo inesperado, del que también disfrutarán otras historias memorables del gigante galés, como por ejemplo “Cordero asado”, “Placer de clérigo” y “Jalea real”.