domingo, 8 de julio de 2018

Lee el cuento ganador del Premio Anubis 2017: "Capiango" de Viviana Hernández Alfoso.



CAPIANGO

El padre Juan Torres recibió la orden de su superior de abandonar el tranquilo pueblo costero de Aguas Claras para adentrarse en lo más profundo de la selva norteña con destino en un caserío fronterizo, aún sin nombre, al que el gobierno quería ir elevando a la categoría de poblado. Provisto de un caballo medio moribundo como cabalgadura y una mula para cargar los petates, el padre Juan, que por ese entonces, había abandonado no sólo su primera juventud sino también gran parte de los rubios cabellos, se encomendó a Dios y se largó por los caminos que eran sólo brechas entre la maleza.
Al principio, los ranchos y los pueblos se sucedían con cierta regularidad y en todos encontraba gente lo suficientemente piadosa como para proveerlo de una buena comida y un techo bajo el cual dormir. También aprovechó para bautizar una decena de niños, dar la extremaunción a los ancianos y empujar a algún gaucho rebelde a la santidad del matrimonio. Ofició misa cada vez que pudo e improvisó inspirados sermones, los que después, en la soledad del camino, transcribía en unas hojitas sueltas.
A mitad del recorrido, los poblados se fueron haciendo más escasos, la gente más chúcara y la vegetación más inculta. Detrás quedaron los campos de pastoreo, los sembradíos y las huertas. No le faltó comida ni albergue porque a nadie se le negaba ayuda pero no había aquel temor a Dios que había sentido más al sur.
Durante más de una noche, lo mantuvieron despierto profundos ululares, gañidos que no lograba identificar y mugidos solitarios. Entonces, se contentaba alimentando el fuego, mirando las estrellas y orando.
Cuando llegó a Toro Muerto, en un recodo del riachuelo del mismo nombre, el padre Juan Torres decidió pasar un día en compañía del párroco del lugar y reponer fuerzas. Aquella sería la última población antes de adentrarse en la selva.
―Hace varios meses que nadie baja. Antes, tres o cuatro veces al año, llegaba una carreta con mercancía para vender. Pieles y cueros en su mayoría ―dijo el párroco de Toro Muerto moviendo la cabeza de un lado al otro―. Me temo que ha venido usted para nada. La gente se muere por acá y uno no se entera. Alguna peste o animales salvajes. Los que quedan vivos se van con los indios. Antes, los indios mataban a los colonos pero ahora es como que han llegado a un acuerdo o se han dado cuenta de que todos padecen de la misma desventura. En la selva, se hace lo que se puede.
La palabra “selva” tenía algo de misterioso y el padre Juan añoró las aventuras soñadas de muchacho, antes de que su vida decantara hacia el servicio divino. Al partir, pidió papel y tinta al buen párroco que le ofreció lo poco que tenía.
Con las alforjas provistas y con una misión en el alma, el padre Juan Torres partió arrastrando la mula. Por las mañanas, aprovechaba para cantar y rezar en voz alta mientras el paso del caballo marcaba el tempo como un metrónomo. Por la tarde, apuró al animal tratando de encontrar un lugar más o menos resguardado donde pasar la noche. Por eso, cuando halló los restos de una tapera, dos paredes de ladrillo de adobe y una tercera de la que sólo quedaba cuatro hileras torcidas, se consideró afortunado. Alguien había desmalezado en derredor de la primitiva construcción y aunque la selva intentaba engullirse otra vez el sitio, quedaba aún un claro amplio. Cantando un aire de su tierra natal, el padre Juan se ocupó de juntar ramas y leña menuda en cantidad suficiente para mantener fuego. Queso y galletas constituirían la cena. Sentía añoranza por un buen trozo de carne pero debía sentirse bendecido por tener alimento, así que agradeció a Dios de todo corazón por darle la oportunidad de servirlo.
Esa noche, tal vez emocionado por la soledad que implicaba aquel rancho medio derruido, el padre Juan Torres oró con una fuerza que no recordaba haber tenido desde hacía muchos años, desde su primera juventud. Tan compenetrado estaba en los rezos que no escuchó los pasos mullidos sobre la hojarasca. Y no era el andar de un solo animal sino el movimiento coordinado de una manada que fue rodeando el precario refugio. Al alzar los ojos azules, marca distintiva de los Torres de Puenteviejo, el padre Juan creyó ver luciérnagas brillando de a pares en la brumosa oscuridad de la espesura. Se restregó los ojos y se puso en pie para ver mejor. Los brillos amarillentos, diminutos al principio, se hicieron más grandes y redondos. Siete pares de ojos lo contemplaban desde la selva, más allá del claro.
Escuchó un ronquido suave y luego, una especie de ronroneo gatuno, lejano, apagado por la negrura de una noche sin luna, que respondía al primero. Antes de que el terror le empapara los miembros de un sudor espeso y frío, al padre Juan le pareció presentir, más que escuchar, la conversación entre aquellos seres, una comunicación de ululares y sonidos de registro tan bajo que era imposible que saliera de garganta humana.
El padre Juan tomó un leño encendido y pegó la espalda contra la pared.
Siete enormes tigres manchados salieron de la espesura y a medida que avanzaban, quitándose la selva, los cuerpos elásticos fueron cambiando. Dejaron atrás las doradas pieles gatunas para tornarse cobrizas y humanas. Se alzaron sobre las patas traseras y, tambaleantes al principio, se fueron acercando al fuego que reveló los núbiles cuerpos de siete hembras. Los ojos perdieron el color amarillo, achinándose y oscureciéndose. El padre Juan pestañeó un par de veces, convencido de que era un truco que le jugaba el cansancio y la soledad. Eran mujeres indias, desnudas y desarmadas, y no gatos como él había creído en un primer momento. Estuvo a punto de reírse. Tres de las mujeres avanzaron con decisión, rodeando el fuego. Una de ellas, visiblemente mayor, tendió las manos con las palmas hacia arriba, en un gesto que el padre Juan supuso señal de buena voluntad.
―Lo siento ―dijo el hombre, y arrojó el leño de regreso a la hoguera.
Las otras dos mujeres eran más jóvenes; una de ellas, acababa de dejar atrás la niñez. La mayor sonrió y, adelantándose, colocó la mano sobre el pecho del hombre. El padre Juan no pudo luchar contra el cansancio que lo arrojó al suelo como a un títere al que se descartaba. Abrió los ojos para ver a las indias rezagadas rodear al caballo y a la mula que, enloquecidos, tironeaban de las ataduras.
―¿Qué hacen? ―logró articular antes de que los ojos volvieran a cerrárseles a pesar de los esfuerzos.
Un relincho de angustia y el golpe sordo de un cuerpo pesado al caer. Luego, otro. Le pareció oír los sonidos de cerdos hartándose de comida y el crujido de los huesos quebrándose.
La primera sensación, antes de entreabrir los ojos, fue que sentía frío en el pecho y en los brazos. En todo el cuerpo en verdad, como si estuviera completamente desnudo y acostado sobre la tierra. Vio sobre él las estrellas magníficas, blancas, tan cercanas que si alzaba la mano lograría atraparlas en el puño. Y cuando estaba reuniendo fuerzas para levantar el brazo, sintió sobre la cadera un peso desconocido. Trató de erguirse pero el cuerpo de una de las indias se inclinó sobre él. Recordó a una mujer blanca que olía a heno y sudor y que le había enseñado los trabajos del amor, ocultos tras una parva. Y la que estaba sobre él, olía a almizcle y selva y tenía la piel del color de la tierra y del riachuelo barroso que había dejado atrás. Los rostros de las indias se fundieron, también las pieles y sus olores de hembras. En algún momento, el espíritu de Juan dejó el cuerpo y se vio tendido en medio de la selva, con la piel tan blanca que parecía relucir en la oscuridad de una noche eterna. Detrás, una hoguera que se extinguía sin remedio junto a los restos sanguinolentos del caballo y la mula.

Cuando despertó, Juan Torres vio el rostro barbado del párroco de Toro Muerto, que dormitaba en una silla a su lado. El viejo despertó.
Ya decía yo que usted mejoraría cuando dejó de delirar. Tres noches ha estado usted presa de la más terrible fiebre. Tome un poco de leche con miel.
El líquido bajó por la garganta seca y ardiente del cura más joven.
¿Qué pasó?
Bueno, eso deberá decírnoslo usted, padre Juan. Lo encontraron deambulando desnudo por la selva. Diga que don Cosme anda limpiando la zona de alimañas desde que mató a ese enorme yaguareté que tenía a medio mundo muerto de miedo. Al hombre se le ha metido en la cabeza que han quedado las hembras y los cachorros y quiere exterminarlos a todos. Pero son bestias astutas.
Juan Torres no respondió. Se quedó hundido en el catre.
―Debo seguir viaje. Debo llegar al pueblo y… ―dijo Juan cuando estuvo completamente repuesto.
―Después de lo que pasó, nadie tomaría a mal que se quedara aquí. Yo estoy viejo. Podría ocupar mi puesto.
―Debo cumplir mi misión.
Ante semejante testarudez, el párroco de Toro Muerto no insistió y se limitó a conseguirle al padre Juan un borrico que pudiera llevarlo hasta destino. Incluso le regaló una Biblia que había traído desde Italia y una de sus sotanas menos rotosa.
El párroco lo bendijo mientras se alejaba, teniendo la íntima convicción de que no volvería a ver al padre Juan Torres.

Hubiera podido virar e ir hacia el oeste, pasar lejos de la ruina en la que se pudría la osamenta del caballo y de la mula. Hubiera podido seguir de largo porque aún era de día y tenía suficiente luz como para alejarse. Hubiera podido cabalgar otra hora, tal vez dos, ir hacia el norte, bien al norte.
Pero, Juan Torres buscó las paredes, el claro, las osamentas. Ató al burro, juntó leña y encendió un buen fuego.
           Fin.

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